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El arte de ser arquitecto y testigo

Hay una seguridad casi aritmética en el mapa. Cuando me siento frente a la pantalla para planear una escena, me gusta sentir que el mundo que estoy construyendo tiene cimientos. Decido que habrá una tormenta, que un secreto saldrá a la luz en una cena incómoda o que, finalmente, el protagonista se encontrará frente a frente con la persona que lo traicionó. Es el trabajo del arquitecto: levantar muros, diseñar pasillos, colocar obstáculos.

Arquitecto y testigo

Durante mucho tiempo, pensé que escribir era simplemente ejecutar ese plano. Creía que si el diseño era lo suficientemente sólido, la historia se contaría sola. Pero con el tiempo, y con los muchos kilómetros recorridos en mi novela actual, he descubierto que el mapa no es el viaje, y que el plano no es la casa.

Escribir, en realidad, es un experimento de colisión.


El evento como punto de partida

Yo planeo los eventos. Me gusta hacerlo. Hay algo de control necesario en decidir que el azar golpeará a un personaje en un momento específico. Ese evento es una provocación, un guante lanzado al vacío de la página. Es como prender una hoguera en mitad de un bosque oscuro: yo elijo dónde pongo el fuego y a qué hora lo enciendo.

Sin embargo, una vez que las llamas empiezan a subir, mi papel cambia. Dejo de ser el arquitecto que construye la realidad y me convierto en un testigo que observa las sombras.

Es ahí donde aparece la pregunta que define todo lo que vendrá después: ¿Cómo va a reaccionar él? ¿Qué hará ella cuando el humo empiece a asfixiarla?


El personaje como entidad viva

Si yo obligo al personaje a reaccionar de una manera predeterminada solo porque el guion lo necesita, la historia muere. Se siente rígida, acartonada, como un actor que olvida sus líneas y se limita a leer las acotaciones del director. El lector lo nota de inmediato; percibe que el personaje no está viviendo el evento, sino simplemente padeciendo la voluntad del autor.

Por eso, mi proceso ha derivado en una especie de espera activa. Lanzo el evento: la traición, el accidente, la carta encontrada, y luego guardo silencio. Escucho.

A veces, el personaje me sorprende. Yo esperaba que gritara, que buscara venganza, que rompiera algo. Pero en lugar de eso, se sienta en silencio. Se muerde el labio inferior hasta que sangra y no dice nada. En ese silencio hay mucha más verdad que en cualquier reacción que yo hubiera podido planear desde la comodidad de mi esquema inicial. Esa reacción imprevista es la que realmente me dice quién es esa persona que estoy creando.


La colisión creativa: Arquitecto y testigo

La historia no nace del evento planeado, ni tampoco de la psique aislada del personaje. La historia es la chispa que surge en el momento del choque entre ambos.

Cuando planeo que un personaje pierda su empleo, estoy poniendo a prueba su identidad. Si su reacción es de alivio en lugar de angustia, toda la dirección de la novela cambia. Lo que era un drama social se convierte en una historia de liberación. Y yo, como escritor, debo tener la humildad de tirar mis esquemas a la basura y seguir ese nuevo rastro de migas de pan.

Es un equilibrio delicado. Si no planeo eventos, la historia se estanca en la introspección pura y nada sucede. Si no escucho las reacciones, la historia se vuelve un mecanismo frío de relojería sin alma.


El narrador que se deja sorprender

A veces, este proceso se siente como los juegos de rol de los que he hablado anteriormente. Como narrador, pones la situación sobre la mesa, pero son los jugadores (en este caso, esos fragmentos de mi propia mente que habitan a los personajes) quienes deciden cómo enfrentarla. No hay dados físicos en mi escritorio cuando escribo, pero hay una incertidumbre similar.

Me gusta preguntarme: ¿Por qué ha hecho esto? A veces me toma días entender el motivo detrás de una reacción que mi personaje tuvo de forma casi instintiva. Y cuando lo descubro, suelo encontrar una capa de la historia que yo mismo no sabía que existía. Es lo que mencionaba en otra entrada: la sensación de que estoy excavando algo que ya estaba allí, esperando a ser descubierto.


Una invitación al desorden

Al final, he aprendido a no temerle al desvío. El plan es necesario para empezar a caminar, pero la reacción imprevista es la que nos lleva a los lugares que vale la pena visitar.

Escribir es, en esencia, un acto de fe. Confío en que mis personajes son lo suficientemente reales como para saber qué hacer cuando el mundo que les he construido se desmorona. Mi trabajo es estar allí, con la pluma lista, para dar fe de su valentía, de su cobardía o de su silencio.

Porque si el autor no se sorprende mientras escribe, es muy difícil que el lector se emocione al leer. La verdadera magia ocurre cuando el arquitecto se quita el casco de obra, se sienta entre las ruinas de su propio plan y, simplemente, empieza a observar cómo amanece.


A veces, nosotros mismos somos ese personaje que se sale del guion. ¿Recuerdas alguna ocasión en la que una reacción tuya (un impulso, un silencio o una decisión inesperada) te haya enseñado más sobre quién eres realmente que todos tus planes anteriores?

 
 
 

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