Cuando no escribo… también estoy escribiendo
- Rafa Miranda
- 27 nov 2025
- 3 Min. de lectura
Hay momentos, días, semanas… incluso meses, en los que no logro poner una sola palabra en la página.Y eso, aunque me cueste admitirlo, me ha dado miedo. Me hace sentir gran frustración.

Porque el silencio en un escritor puede sentirse como un abismo.Como si de repente las palabras nos abandonaran y con ellas se fuera también nuestra identidad. Pero con el tiempo —y con esta novela que me acompaña como un animal salvaje— he descubierto algo muy distinto:
Hay un tipo de escritura que ocurre mientras los dedos descansan.
La historia no se detiene solo porque yo deje de teclear. Se mueve cuando camino por Gran Vía. Se replantea cuando estoy haciendo mercado. Se vuelve más honesta cuando me obligo a vivir un poco más y a escribir un poco menos.
Mientras afuera parece no pasar nada, adentro todo se acomoda.
El bloqueo que no bloquea nada
Durante años pensé que bloquearse era fallar.Que el silencio era olvido o abandono.Que si no escribía, la historia moriría.
Pero lo que realmente ocurre durante esos silencios es una especie de depuración creativa.Un proceso subterráneo en el que la novela se defiende sola de todo lo que le sobra.
Lo que no funciona, se desmorona.Lo que sí funciona, insiste en volver.
Es la historia diciéndome:
“Aquí no. Aquí sí. Escúchame.”
Ese bloqueo, que antes maldecía, hoy lo veo como una señal de inteligencia narrativa.El cerebro necesita reposo para reorganizar lo que el corazón ya sabía.
Cuando escribo sin parar, la novela avanza.Pero cuando paro, la novela madura.
Y madurar también es avanzar.
Pensar también es escribir cuando no escribo
En esos días sin palabras, uno podría creer que no está haciendo nada.Pero a veces lo más productivo es quedarse quieto.
Porque escribir no es únicamente mover los dedos sobre un teclado:
Es observar cómo alguien se sienta en el metro y pensar quién podría ser en la historia. Es volver a escuchar una canción que nos conmueve e intentar entender por qué. Es descubrir un recuerdo que estaba escondido justo debajo del miedo. Es reconocer que una escena escrita con prisa puede tener verdad, pero no alma.
Muchos de los cambios más importantes de mi novela han nacido lejos del escritorio. En esos silencios en los que la cabeza se da permiso para cuestionarlo todo.
Ahí es donde aparecen las ideas poderosas: no en el ruido, sino en la pausa.
Lo que crece en la distancia
A veces nos acercamos tanto a la historia que la miramos con la nariz pegada al papel, y así es imposible distinguir lo esencial de lo accesorio.
Necesitamos distancia para recuperar perspectiva, para leer lo que hemos escrito como lectores… y no como prisioneros del manuscrito.
Y sí. Alejarse duele, pero también alivia. Porque en el fondo sabemos que volveremos más lúcidos y más libres.
La historia no quiere un escritor agotado. Quiere uno que respire.
Y tomarse un descanso no es rendirse. Es darle espacio a la historia para que respire también.
El miedo de quedarse atrás
En este período ha habido algo más que silencio creativo: ha habido vida real.
Migrar, reinventarme, sostener a mi familia en un nuevo país, perseguir el sueño de mi hija. Eso también consume energía narrativa.
Me ha dolido sentir que la novela se alejaba. Que sus voces se volvían más tenues. Que olvidar detalles podría condenar la historia a perderse en su propio laberinto.
Pero entonces recordé algo simple:
La historia no necesita que la persiga. Está esperándome. Sólo quiere que llegue entero, y para eso, a veces tengo que detenerme un poco, ordenar mis urgencias, elegir mis batallas, recordar que escribo porque necesito contar esta historia, no porque tenga un calendario que cumplir.
El renacer después del silencio
Hoy vuelvo a escribir con una certeza nueva:
No estuve bloqueado. Estuve gestando.
Como la semilla que duerme antes de romper la tierra. Como el músico que respira antes del agudo. Como la ola que retrocede antes del golpe.
Mi novela y yo necesitábamos esa distancia para reencontrarnos. Para reconocernos otra vez. Para crecer, cada uno a su ritmo.
Y ahora que vuelvo a la página en blanco…descubro que ya no está tan vacía, porque la historia siguió escribiéndose en mí cuando yo no la escribía.
¿Y tú?
Si alguna vez te has sentido bloqueado…si creíste que tu pausa era sinónimo de fracaso…si temiste que el silencio fuera el final…
te dejo esta verdad que me ha salvado:
Cuando tu arte calla… también está hablando.
Y a veces, en voz baja, está diciendo exactamente lo que necesitas oír.



Excelente reflexión, querido Rafael, un profesor mío decía "deja que el cerebro trabaje en automático", y yo escéptica, no le creía, me daba miedo, hasta que lo intente y funcionó. Gracias por tanto...🌈🌹
Si perdemos la curiosidad.
Si cerramos los ojos ante la vida
Si no palpamos las sensaciones
En suma, si no somos secantes de la vida, más vale que no nos dediiquemos a escribir . Un saludo
Me encanta cuando escribes lo que tu alma siente, desnudando tu yo interior !!! Sin máscaras ni perjuicios.