Una voz que aún tiembla en mis huesos
- Rafa Miranda
- 21 oct 2025
- 3 Min. de lectura
Hay un idioma que no se aprende con libros ni con gramáticas.
No se conjuga ni se traduce. Solo se respira.
A veces vibra en el pecho, otras en los ojos, otras en los huesos.
Es el idioma con el que la vida nos habla cuando dejamos de pensar en las palabras.

Yo lo aprendí escuchando.
Mi abuelo cantaba boleros. Se ponía de pie frente a la familia y, acompañado por la guitarra de mi padre, entonaba Sombras, con esa voz suya cálida, profunda, capaz de quebrar el aire.
Los que lo conocieron decían que alguna vez tuvo una voz más poderosa, una de esas que podían llenar un teatro. El tiempo y el Parkinson la fueron apagando, pero incluso entonces había algo en su manera de cantar que venía de un lugar más antiguo, más humano, más dolido.
Conté su historia en mi libro "Historias desde el olvido", y a
esa voz le puse un nombre: Ovidio.
Así lo llamé en una historia que escribí entre lágrimas, sin poder evitar que se me escapara la emoción en cada párrafo. Porque él, aunque ya no podía cantar, seguía resonando en mí.
Escribir su historia fue mi forma de cantarle una última vez.
Y como toda música verdadera, ese texto no era solo homenaje. Era despedida. Era semilla.
Porque la música fue eso para él, y lo es para mí: una semilla que no deja de brotar.
Una fuente viva a la que uno se conecta cuando deja de pensar y empieza a sentir.
Cuando las palabras no alcanzan, la música aparece y dice lo que el lenguaje no puede nombrar.
Yo lo he vivido muchas veces, pero con una pieza en particular lo entendí para siempre: Air on the G String, el segundo movimiento de la Suite # 3 de Bach.
Esa melodía me habla directamente al alma.
El contracanto de las cuerdas y los pizzicatos parecen dialogar como si el corazón respondiera a su propio eco.
Es una sensación que no cabe en frases. Huele a jazmín en la noche. Se cuela por debajo de la piel.
Y ahí, justo ahí, me doy cuenta de que el amor —ese que quiero escribir, enseñar, cantar— es una emoción a la que las palabras le hacen poca justicia. Solo la música puede decirla entera.
Quizás por eso, cuando escribo una canción, no estoy creando algo nuevo.
Estoy recordando algo que ya estaba ahí, debajo de la piel, esperando vibrar.
Así le escribí una canción a mi hija. Intenté decirle todo lo que sentía por ella con palabras, pero sólo cuando la música apareció, pude soltarme del todo.
Y lo mismo ha ocurrido con las canciones a mi esposa, con los versos que han surgido en momentos de rabia, de ternura, de desesperación.
La música fue el idioma que usé cuando mi alma no cabía en una frase.
Cantar, para mí, siempre ha sido resistir.
Resistirme al empobrecimiento del lenguaje que nos empuja a hablar sin decir, a vivir sin sentir.
Cantar ha sido mi forma de no desaparecer, de no volverme gris.
Mi forma de decirle al mundo: mi historia merece ser contada.
Y ese legado quiero dejárselo a mi hija: el de vivir una vida que no pida disculpas por sentir demasiado.
Mi abuelo también vivió desde la intensidad, pero lo hizo con una carga que lo persiguió hasta el final.
Su voz, antes potente y luminosa, terminó silenciada por una enfermedad cruel.
Para él, el silencio fue un encierro.
Pero no logró acallarlo del todo.
Porque su voz sigue viva.
Vive en mi oído, en mi garganta, en mi memoria.
Tiembla en mis huesos cada vez que escribo, cada vez que canto, cada vez que me rompo y me reconstruyo.
Y si hoy pudiera cantarle algo, sería Misteriosa mujer, la canción que él mismo compuso.
Le cantaría con mi voz y con la suya.
Le diría que su amor por la música fue semilla…
y floreció en mí.



la palabra convertida en sentimiento. Pefecta y emotiva narración escrita con una excelsa prosa. Saludos.
Me encanta conocerte! Cada vez aprendo más de ti (y de mi). Admiro el ser humano que habitas y representas.