top of page

Datos, detalles y delirios

cuando investigar alimenta la narrativa


Hay una parte de la escritura que no se ve, pero que sostiene todo. Es la parte que no tiene frases poéticas, ni giros dramáticos, ni clímax narrativos. Es la parte silenciosa, obsesiva, que llena cuadernos, notas, pestañas abiertas y búsquedas en horas absurdas. La investigación.

En este momento, mientras escribo La orquídea negra, la segunda parte de La semilla de la locura, me encuentro precisamente ahí: navegando entre datos, detalles y delirios. Buscando piezas para un rompecabezas que solo se arma cuando las palabras comienzan a fluir, pero que necesita sostenerse sobre una base sólida, casi invisible, hecha de conocimiento y preguntas bien formuladas.


Datos y detalles
La investigación alimenta la creatividad


El asesino, su mente… y su fe

Uno de los retos más fascinantes y exigentes de esta nueva novela es construir la mente del asesino. No basta con que sea violento, impredecible o inquietante. Eso sería demasiado simple. Lo importante —al menos para mí— es entender por qué actúa como actúa. ¿Qué lógica interna guía su comportamiento? ¿Qué lo justifica ante sus propios ojos? ¿Qué ideas, traumas o creencias lo sostienen?

Para responder esas preguntas, me he visto sumergido en rituales antiguos, religiones paganas, demonología, simbología infernal, mitología floral y sistemas de pensamiento arcanos. No escribo para enseñar sobre estas cosas, pero sí para que el personaje las encarne, las respire, las habite. Investigar se convierte así en una inmersión en un universo mental ajeno, en el intento de ver el mundo a través de los ojos del otro… incluso si ese otro es alguien profundamente perturbador.

Cuando el asesino de esta historia actúe, lo hará porque, en su mundo, lo que hace tiene sentido. Y para mí, como autor, ese es el tipo de mal que más inquieta: el que se cree justificado.


No hay acertijo sin estructura

Esta segunda novela tiene además un elemento nuevo: acertijos y pistas que los detectives deben descifrar. Como lector, me apasiona resolver misterios. Como escritor, sé que eso no puede quedar al azar. Los acertijos deben ser verosímiles, coherentes con la historia, y tener la dosis justa de dificultad para que el lector disfrute sin sentirse engañado.

Crear estas pistas me ha llevado a investigar desde juegos de lógica y estructuras narrativas en espiral, hasta formas simbólicas que remiten a culturas antiguas, criptogramas, estructuras florales y códigos visuales. Cada pieza del rompecabezas debe tener sentido. Y más allá de eso, debe resonar emocionalmente con el lector. Porque los mejores misterios no son solo los que se resuelven, sino los que se sienten.


Datos y detalles: La investigación es una forma de respeto

He llegado a la conclusión de que investigar es también una forma de respetar al lector. Significa no tomar atajos. Significa que, si voy a hablar sobre una flor, sobre un rito o sobre un patrón de comportamiento criminal, me voy a asegurar de entenderlo. Porque aunque la historia sea ficción, su mundo debe sostenerse por dentro.

Un lector atento —y tengo muchos— se da cuenta cuando un autor se ha sumergido en lo que escribe. No porque lo convierta en una clase, sino porque cada detalle se siente auténtico. En La semilla de la locura, muchos lectores me escribieron diciéndome que ciertos pasajes les causaban pesadillas. Y eso no se logra con descripciones sangrientas, sino con verosimilitud emocional y simbólica.


Investigar para descubrir, no solo para construir

Lo interesante es que muchas veces la investigación no es para confirmar una idea, sino para descubrir una mejor. Me ha pasado que, al investigar sobre un tema aparentemente menor, encuentro algo que cambia completamente el rumbo de un capítulo o que ilumina un matiz que antes no estaba. Investigar, entonces, se vuelve una forma de crear. Porque lo que encontramos fuera también transforma lo que llevamos dentro.

Cuando me sumerjo en este tipo de exploración, siento que la escritura no es un acto de invención pura, sino de traducción: estoy traduciendo un mundo —a veces real, a veces simbólico— al lenguaje narrativo. Pero para traducir bien, primero hay que comprender.


¿Cuánto investigar es suficiente?

Una pregunta que me hacen a veces es: ¿cómo sabes cuándo dejar de investigar y empezar a escribir? La respuesta es que, como en muchas cosas de la escritura, hay que confiar en el instinto. Investigo lo suficiente como para sentir que estoy caminando sobre suelo firme, pero no tanto como para paralizarme o perderme en un agujero sin fondo. La clave está en que la investigación alimente la historia, no que la ahogue.


¿Y tú?

Como lector o escritora, ¿qué valor le das a la investigación en una historia? ¿Notas cuando un autor ha hecho la tarea? ¿Has habitado mundos tan bien construidos que te costó dejarlos al cerrar el libro?

Me encantaría leerte. Nos vemos en los comentarios.

—Rafa

 
 
 

2 comentarios


Invitado
21 abr 2025

Sobre el artículo de la investigación que alimenta el relato, te diré que me parecen los 6 apartados muy bien explicados y con los que estoy de acuerdo, y el mi novela FERRUM UND STÄHL algo de esto está implementado. Enhorabuena Sr Miranda.

Editado
Me gusta
Rafa Miranda
Rafa Miranda
21 abr 2025
Contestando a

Muchas gracias amigo Moscad. Me alegra mucho leer este mensaje y ver este proceso reflejado en la experiencia de otros autores como vos. Un abrazo y que la investigación dé muy buenos frutos.

Me gusta
bottom of page