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El escritor que quería dejar de escribir (y no pudo)


Hay días en los que uno simplemente… no quiere más. Ni palabras. Ni historias. Ni esa extraña compulsión de inventar mundos que nadie pidió.

Días en los que escribir se siente como empujar una piedra cuesta arriba, sabiendo, porque lo sabes, que tarde o temprano va a rodar de nuevo hacia abajo. Días en los que la página en blanco no es una promesa, sino una amenaza.

Yo he tenido esos días. He tenido esos meses. Incluso, lo confieso sin dramatismo, he tenido esos años.

He querido dejar de escribir muchas veces. A veces por cansancio, ese cansancio hondo que no se cura con dormir. A veces por miedo: miedo al fracaso, al ridículo, a quedarme vacío. Otras veces por puro desánimo, cuando las palabras parecían no significar nada para nadie, cuando sentía que estaba lanzando botellas al mar sin que nadie nunca encontrara un solo mensaje.

Pero otras veces he querido dejar de escribir porque me dolía. Porque escribir me obligaba a mirar demasiado adentro, a tocar heridas que preferiría dejar dormidas. A veces uno no escribe desde la inspiración, sino desde la grieta. Y créanme: la grieta corta.


La renuncia imposible

Sin embargo, cada vez que he estado a punto de abandonar, algo me ha detenido. A veces ha sido una frase que me ha venido a la cabeza en el momento menos esperado: caminando por la calle, lavando los platos, mirando la lluvia desde una ventana cualquiera. Otras veces ha sido una imagen. Un personaje que no existía y de repente pide nacer. Y otras, las más importantes, ha sido un lector. Una persona que me ha dicho que un texto mío le habló, le acompañó, le dolió o le curó.

He aprendido que el acto de escribir no es sólo un acto solitario: es un acto de entrega. A veces uno escribe sin saberlo para alguien que, años después, leerá esas líneas en una madrugada difícil y sentirá que no está solo.

Esa posibilidad, esa remota pero poderosa posibilidad, me ha salvado de dejar la pluma más veces de las que puedo contar.


La escritura como espejo (y a veces, como refugio)

A veces me he preguntado por qué seguimos escribiendo los que ya hemos querido dejarlo, y creo que es porque escribir es, de alguna forma, la única manera en que logramos entender el mundo. Escribir es darle nombre a las cosas, y a lo que no tiene nombre, como claramente nos mostró Piedad Bonnett, duele más.

Cuando escribo, ordeno. Cuando escribo, resisto. Cuando escribo, me encuentro.

No siempre escribo desde la certeza. Muchas veces lo hago desde la duda, desde la vulnerabilidad, desde la contradicción, y he llegado a aceptar que está bien así. Que las historias que realmente importan no son las que nacen de la perfección, sino de la imperfección radicalmente humana.


Escribir cuando no quieres escribir

¿Qué se hace cuando no quieres escribir? A veces no se hace nada, y está bien. Otras veces escribes igual, aunque sea sin ganas, aunque cada palabra te pese como plomo, y hay días en los que basta con una sola línea para mantener la llama encendida. Una frase. Un verso suelto. Una idea garabateada en la esquina de una servilleta.

La escritura, he aprendido, es paciente. A veces uno necesita alejarse para volver de otra forma. A veces no se trata de producir, sino de respirar. Pero en el fondo uno sabe, aunque no siempre quiera admitirlo, que tarde o temprano volverá.

Porque para algunos de nosotros, no escribir es una forma de asfixia. Porque las historias no se callan del todo. Porque el deseo de nombrar, de contar, de imaginar… se agazapa en la sombra, esperando el momento de regresar.


Las excusas para dejarlo (y las razones para quedarse)

A lo largo de los años me he dicho muchas excusas: “Esto no le importa a nadie.”, “Ya hay demasiados libros en el mundo.”, “Nunca va a ser tan bueno como quiero.”, “Quizá ya fue suficiente.”

Pero también he escuchado otras razones, más calladas, más tercas: “Esa historia aún no la has contado.”, “Alguien la necesita.” , “A ti te hace bien.”, “No es cuestión de perfección, es cuestión de verdad.”

He aprendido a escuchar más esas voces pequeñas. A entender que a veces escribir no es un acto grandioso ni heroico. A veces es solo un acto de honestidad mínima: sentarse, respirar hondo, y decir lo que hay que decir.


Porque escribir, al final, es seguir.

Incluso cuando no quieres. Incluso cuando crees que no puedes. Incluso cuando todo en ti grita basta.

Tal vez, sólo tal vez, esa terquedad sea la forma más pura de fidelidad a lo que somos.


Quizá tú también has querido rendirte alguna vez. No sólo con la escritura, sino con cualquier cosa que amas y que a veces te duele. Si este texto te habla, si alguna palabra resuena contigo, me encantaría leerte. Cuéntame: ¿alguna vez has querido dejar atrás algo que, en el fondo, te define? Te invito a compartir tu historia en los comentarios o simplemente a quedarte con esta idea: a veces, seguir adelante es el acto más valiente de todos.

 
 
 

8 comentarios


Invitado
12 jul 2025

🌻🌹🌱

¡Buenos días!


Querido Rafa,


✍️Leerte ha sido como mirarme en un espejo.


Qué cierto es lo que dices: hay días en los que escribir no es un acto ligero ni liberador, sino casi una prueba de resistencia. Y, aun así, seguimos. Porque como bien explicas, las historias que llevamos dentro no se callan del todo. Se agazapan, esperan… y vuelven a llamar, incluso cuando creemos que ya no podemos darles voz.


Gracias por recordarnos que escribir no siempre nace de la inspiración, sino a veces de la herida y de la grieta. Y que incluso ahí, en ese espacio vulnerable, hay un latido que vale la pena seguir.


Me quedo con esta idea tuya: “A veces, seguir adelante es…


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Invitado
12 jul 2025

🌻🌹🌱

¡Buenos días!


Querido Rafa,


✍️Leerte ha sido como mirarme en un espejo.


Qué cierto es lo que dices: hay días en los que escribir no es un acto ligero ni liberador, sino casi una prueba de resistencia. Y, aun así, seguimos. Porque como bien explicas, las historias que llevamos dentro no se callan del todo. Se agazapan, esperan… y vuelven a llamar, incluso cuando creemos que ya no podemos darles voz.


Gracias por recordarnos que escribir no siempre nace de la inspiración, sino a veces de la herida y de la grieta. Y que incluso ahí, en ese espacio vulnerable, hay un latido que vale la pena seguir.


Me quedo con esta idea tuya: “A veces, seguir adelante es…


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Nancy Domínguez
Nancy Domínguez
11 jul 2025

A veces creo que puedo deshacerme en lágrimas y éstas desdibujan las palabras sobre el papel. Respirar hondo y seguir fundiéndome con la pluma son una forma de resistir. Gracias por compartirlo!

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Rafa Miranda
Rafa Miranda
11 jul 2025
Contestando a

A ti Nancy por leerme. Al ver estas respuestas veo que no estoy solo en estos sentimientos al escribir.


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Invitado
11 jul 2025

Recuerdo el sentir extraño de culpabilidad cuando hacía campana en el colegio , ir al jugar al futbolín o simplemente a pasear en las horas de las clases, especialmente las de latín.

Esa sensación de vacío que al final de esa jornada hurtada a los profesores era los suficientemente fuerte para que no quisieras volver a repetirla, por lo menos enseguida.


Nunca podía imaginar que volvería a sentir ese efecto de culpa, de insatisfacción, de vacío, de cosa mal hecha, de traición a tu más intima misión en la vida.


La página en blanco ha sido un asunto desconocido por mi, pero el deseo de dejar de escribir, dando mil razones para ello, si me es conocido. Pero h…


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Rafa Miranda
Rafa Miranda
11 jul 2025
Contestando a

Me identifico completamente con tu comentario. Gracias por leerme.


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Pablo (MAPEA 11)
11 jul 2025

A veces escribo llorando, porque la sensación de no ser leído equivale a la pérdida de identidad, produce dolor en la conciencia, tanto físico como emocional. Es curioso, la ansiedad y la tristeza fomentan la inspiración en la escritura, canalizan la creatividad. De algún modo, escribir duele, pero me siento más vivo al hacerlo.

Este artículo, particularmente, me ha tocado la fibra sensible. Gracias Rafa.

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Rafa Miranda
Rafa Miranda
11 jul 2025
Contestando a

Gracias Pablo. Es para mí también un tema sensible. Me he encontrado en la misma situación, escribiendo entre lágrimas, pero al no escribir quiero correr de vuelta a las páginas y abrazar a mis personajes. Escribir nos hace sentir todas las emociones, y así nos recuerda que estamos vivos.

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