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Los fantasmas que se sientan a escribir conmigo

Actualizado: 10 jun 2025

Escribir es un acto solitario, pero nunca lo hago solo. En cada sesión de escritura, en cada palabra que tecleo, siento presencias que me acompañan. Algunas tienen nombre y rostro. Otras son apenas una sombra o un eco. Pero todas están ahí, como fantasmas que se sientan conmigo frente a la pantalla y susurran desde algún rincón de mi historia.

Los fantasmas que me acompañan a escribir
Me acompañan a escribir

La voz silenciada de mi abuelo

Uno de esos fantasmas tiene una voz que no escucho, pero que resuena en mí. Es mi abuelo materno. Fue cantante de ópera y pasó sus últimos treinta años de vida en silencio, vencido por el Parkinson. Una enfermedad larga, cruel, que le quitó poco a poco lo que más amaba: su voz. Era un hombre dulce, amable, profundamente humano, pero también roto por dentro. El alcoholismo le costó parte de su historia, pero nunca le robó la bondad.

Cuando escribo, siento que él está ahí. Tal vez porque escribir también es una forma de hacer sonar la voz de quienes ya no pueden hablar. Quizás porque, de algún modo, quiero devolverle lo que la enfermedad le quitó. Su presencia silenciosa me acompaña, como una nota sostenida que no termina de apagarse.


Mis fantasmas invisibles

Hay otros fantasmas que me visitan con sus libros abiertos. Me gusta pensar que escribo con García Márquez, Stephen King, Michael Ende y Tolkien sentados a mi lado. Son presencias simbólicas, sí, pero muy reales en mi proceso creativo. Me inspiran, me desafían, me recuerdan que la imaginación no tiene fronteras si se cultiva con rigor y pasión.

Cada vez que tecleo una escena cargada de atmósfera, de tensión o de misterio, hay algo de King en mi ritmo. Cada vez que tejo hilos narrativos que se entrelazan como un tapiz antiguo, está Tolkien en mi espalda. Y cuando busco la imagen poética, el giro inesperado, la fusión de realidad y fantasía, ahí está Ende. García Márquez me recuerda que las emociones humanas, incluso las más desbordadas, tienen un lugar legítimo en la literatura.


La necesidad de sanar

Aunque no siempre lo admito, también escribo para sanarme. Para entender los vacíos, las inseguridades, las preguntas que me han acompañado desde joven. Escribo para el que fui: el niño que se sintió incomprendido, el adolescente lector que no encajaba, el joven adulto que se lanzó al mundo sin estar preparado del todo. Ese yo del pasado sigue sentado a veces en la silla de al lado, leyendo lo que escribo, buscando entender quién soy hoy.

Hay un deseo de impresionar, claro. A los lectores, a quienes me rodean, a quienes respeto. Pero también hay un deseo de ser honesto. Y ese equilibrio es frágil. Por eso, intento recordar que la escritura no es una vitrina sino un espejo. Y en ese espejo, las mentiras se notan.


La música como ritual, los personajes como presencias

No tengo amuletos ni velas encendidas. Mi ritual es la música. Una lista de reproducción que cambia según el personaje o la escena. Una melodía que crea atmósfera, que me transporta. En ese paisaje sonoro, aparecen las verdaderas presencias invisibles de mi escritura: mis personajes.

Ellos son los que habitan mis silencios. Los que hablan cuando dejo de hablar yo. A veces siento que los canalizo, que me atraviesan. No son invenciones, son visitas. Y como tales, me enseñan, me confrontan, me piden que los escuche con respeto. Gabriel, Penélope, Valeria, Ainara... cada uno lleva un fragmento de algo que he vivido o que he sentido cerca.


La escritura como ventana, no como escondite

Hay quien escribe para protegerse de lo que duele. Yo creo que escribo para mirar de frente ese dolor. No desde la autoficción, sino desde la construcción de mundos que me permiten entender el propio. No busco la redención, pero sí la comprensión. Y eso es, muchas veces, suficiente.

Nunca he sentido que un texto pasado me hable desde el tiempo. No hay ecos antiguos en mis líneas. Pero sí hay capas. Capas de una persona que ha ido cambiando, que se ha ido conociendo más con cada historia que escribe.


Epílogo: una mesa compartida con los invisibles

Cuando escribo, estoy solo frente al teclado. Pero no estoy solo. Están mi abuelo y su voz perdida. Están los autores que me formaron. Está mi yo de antes, intentando entender al de ahora. Están mis personajes, mis dudas, mis heridas y mis conquistas. Todos sentados conmigo en esta mesa que no siempre es real, pero que siempre está llena.

Estos son los fantasmas que me acompañan. No para asustarme, sino para recordarme que escribir es un acto profundamente humano. Y que toda buena historia nace, en el fondo, de una conversación entre lo que somos, lo que fuimos y lo que deseamos entender.


 
 
 

2 comentarios


Invitado
12 jun 2025

Rafael Miranda se destapa de

manera sincera mostranfo el suelo que susenta su inspiración, que no es otra que sus vivencias sus levturss , su musica, y como no los personsjes de sus hitorias. En suma los componentres del buen oficio de escribir

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Invitado
11 jun 2025

🌻🌹🌱


Buenas tardes


✍️Qué texto más íntimo, lúcido y lleno de verdad.


Rafael Miranda nos recuerdas que escribir no es solo un acto creativo, sino también un acto de memoria, de sanación y de diálogo con lo invisible.


La presencia de su abuelo, privado de su voz pero no de su humanidad, resuena como un eco constante en su escritura, y nos conmueve.


También lo hacen esas presencias literarias —King, Ende, Tolkien, García Márquez— que lo inspiran y lo empujan a crear con pasión y honestidad.


Me ha tocado especialmente esa idea de la escritura como espejo, no como vitrina. Porque exige coraje: mirarse, escucharse, permitirse dudar.


Y esa valentía de escribir no para esconderse, sino para comprender, es alg…


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